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lunes, 24 de marzo de 2014

Día de la Memoria | 10 olvidos de la historia oficial


Texto de Antonio Caponnetto

1) Se ha olvidado que Argentina fue víctima de la guerra que propuso el Comunismo Internacional, con su curriculum de cien millones de muertos durante el siglo XX, durante una contienda iniciada formalmente por este. La cifra no es arbitraria, ni retórica ni antojadiza. Es el resultado de un cálculo científico, corroborado tras prolijas y actualizadas investigaciones de carácter demográfico, en una voluminosa obra escrita por seis autores insospechados de antimarxismo: El libro negro del Comunismo.
No se ha visto representante alguno de las agrupaciones defensoras de los derechos humanos reclamar contra ello. Con lo que se constata una vez más -sin que haga falta- que los invocados derechos no son más que un recurso dialéctico de la Revolución Liberal, y que las tales agrupaciones que los invocan no han nacido sino para custodiar los intereses de la praxis marxista.

2) Se ha olvidado que al amparo de aquella estructura ideológico- homicida apareció en la Argentina el fenómeno del terrorismo marxista, responsable de innúmeros actos delictivos y sanguinarios, y causa eficiente de la guerra revolucionaria, a la que toda Nación así agredida está obligada a enfrentar, aún con el concurso de sus Fuerzas Armadas. 
No fue un hecho aislado ni eventual ni azaroso ocurrido en nuestro país; fue parte de una planificada y cruenta operación extendida -sucesiva y simultáneamente- por toda América y por otras regiones del mundo. La Argentina no vivió una guerra civil. Fue agredida desde las usinas internacionales del marxismo con el concurso de subversivos vernáculos.

3) Se ha olvidado que el susodicho terrorismo no fue sólo ni principalmente físico, sino psicológico, político, económico y moral, buscando como blanco antes las almas que las armas. El término subversión -hoy olvidado- da una idea exacta, en recta semántica, de lo que aquella planificada ofensiva comunista quería conseguir y consiguió. 
El terrorismo resultó derrotado, pero la subversión campea victoriosa, gobierna y justifica y legitima ahora a los terroristas. Este triunfo subversivo -que está instalado en todos los ámbitos, desde el universitario hasta el eclesiástico, desde el periodístico hasta el gubernamental- fue consecuencia directa de la imperdonable ceguera e ignorancia doctrinal de las FF AA, a través de sus sucesivas conducciones, partícipes todas de la cosmovisión liberal, progresista y moderna de la política. Prefirieron proclamar que los argentinos eran derechos y humanos -pagando tributo a las categorías mentales del enemigo- cuando lo que correspondía era definirse contrarrevolucionarios. Prefirieron tener por fin la democracia antes que la Patria.

4) Se ha olvidado que tanto la subversión como el terrorismo contaron con el apoyo explícito e incondicional de las genéricamente llamadas agrupaciones internacionales de solidaridad. Principalmente, Madres de Plaza de Mayo, cuyas integrantes no dejan posibilidad alguna de duda sobre sus propósitos a favor de la lucha armada, como dejaron constancia las numerosas frases de Hebe de Bonafini. Tampoco esto nos parece incoherente o lo más grave, sino el hecho de que se pretenda presentar a las Madres como modelos de la defensa de la vida y de la libertad. Hay que decirlo de una buena vez: Madres, Abuelas e Hijos son tres agrupaciones que gozan de impunidad, y cuentan con subsidios estatales.
Si quienes libraron la guerra justa contra la subversión se hubieran abstenido de utilizar algunos de los mismos procedimientos perversos del adversario, su triunfo moral sobre ellos sería hoy apabullante e incuestionable, y no hubieran tenido excusa de nacimiento tales agrupaciones.

5) Se ha olvidado a los soldados argentinos que combatieron en la ciudad o en los montes (como el tucumano o salteño), bajo las formas más o menos clásicas de la guerra o las atípicas que el partisanismo impone, perdiendo por ello sus vidas o arriesgándose a perderlas, merecen la gratitud y el aplauso, el trato heroico y el reconocimiento de su valor. Ellos y sus familias vivieron múltiples peripecias y situaciones de riesgo, hasta que -muchos- cayeron en combate o quedaron gravemente mutilados. Libraron el buen combate sin ensuciar sus uniformes ni sus conductas. Sus nombres y los de las batallas en las que actuaron no pueden ser suprimidos de la memoria nacional, como vilmente viene sucediendo.

6) Se ha olvidado que no toda acción represiva es inmoral, y que aún del hecho de una represión ilícita no se sigue la inocencia de quienes la hayan padecido. Hubo una represión del terrorismo legítima, dentro de los cánones de la guerra justa. Y hubo una represión, aconsejada por los eternos asesores de imagen que continuamente proporciona el Nuevo Orden Mundial para estas ocasiones, que violó las normas éticas, siempre vigentes, aún en tiempos de conflagración, desnaturalizando aquella contienda y enlodando a quienes la ordenaban. 
Más por enorme que resulte el repudio a aquel modo torcido de reprimir el accionar terrorista, ello no convierte en inocentes a todos aquellos sobre los cuales se ejecutó, ni en torturadores a todos aquellos que pelearon. Sin mengua de que hayan podido resultar lesionados inocentes, hubo culpables reprimidos lícitamente y culpables reprimidos ilícitamente. Pero lo más penoso, es que hubo grandes culpables protegidos. Después, y hasta hoy, ocuparían los cargos más encumbrados del Estado.

7) Se ha olvidado que no existió ninguna dictadura militar. Contrariamente, las sucesivas cúpulas castrenses procesistas se declararon en pro de "una democracia moderna, eficiente y estable" Hasta que trasladaron mansamente el poder al más conocido jefe erpiano. La imagen de Bignone entregando satisfecho el mando a Alfonsín, abogado defensor del terrorista Mario Santucho, es el símbolo más elocuente de la inexistencia de dictadura castrense alguna, y la prueba más patética de la existencia de una connivencia oprobiosa entre aquellas mencionadas cúpulas procesistas y los mandos subversivos.

8) Se ha olvidado que no hubo un terrorismo de Estado sino una cobardía de Estado; del Estado Liberal, concretamente, incapaz de hacerse responsable -con nombres y apellidos al pie de las sentencias- de las sanciones penales públicas, aplicables en tiempos de guerra contra un invasor externo con apoyos nativos. No puede establecerse ninguna simetría entre el Estado agredido que justamente se defiende y preserva, y la acción disociadora de las células guerrilleras, que pretendían constituirse en un Estado dentro del Estado. Hubo acciones indignas, donde la clandestinidad y la "ofensiva por izquierda" eran preferibles a la reacción diestra y nítida.

9) Se ha olvidado que no existieron campos de concentración. En todo caso, tan mal pudieron pasarla los guerrilleros detenidos como los secuestrados en las cárceles del pueblo. Los casos de Larrabure e Ibarzábal seguirán siendo terriblemente paradigmáticos al respecto.
La tortura es un procedimiento inmoral. Mas no existe un determinismo que convierte a todo militar en un torturador. La dialéctica que hace del militar un torturador y un secuestrador de criaturas y del guerrillero una víctima mansa e indefensa, no resiste la menor confrontación con la realidad y es parte constitutiva de una nueva y grosera leyenda negra. Pero también debe decirse que no toda medida de contención física de un delincuente es tortura, ni lo es todo interrogatorio de un culpable, y que resulta una hipocresía escandalizarse por la falta de un trato humano después de habérselo negado a otros.

10) Se ha olvidado que no eran alegres utopías las que movilizaban a los cuadros guerrilleros, sino un odio visible, proveniente de las ansias de conquista de poder. No eran tampoco desprotegidos y desguarnecidos corderos, a merced de una jauría desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas y entrenadas para matar y morir. Ninguna inocencia los caracterizaba. Secuestraron y maltrataron a sus víctimas horrorosamente; extorsionaron y se desempeñaron como victimarios de su propio pueblo; practicaron el sadismo entre sus mismos compañeros de lucha; tuvieron sus centros clandestinos de detención; arrojaron a muchos jóvenes y hasta adolescentes al combate, utilizando después sus muertes como propaganda partidaria y como argumentos sentimentales contra la represión. Y no se privaron de escudarse en sus propios hijos para propiciar sus fugas o para cubrirse en las refriegas. 

Queden señalados esquemáticamente estos olvidos. No son los únicos sino los que conviene recordar en los duros momentos actuales. Queden señalados, porque recordar es un deber, y olvidar es una culpa. Que no te la cuenten...

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