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miércoles, 2 de abril de 2014

Malvinas: volveremos y venceremos

“Hasta tanto las Islas Malvinas vuelvan a integrarse física y plenamente al mapa de la República, todo lo que se haga, se diga y se escriba sobre los derechos nacionales en nuestra remota ínsula, será poco, aún a riesgo de reiteración”[1]. Consideramos impostergable hacer todo lo que sea necesario para que vuelva a flamear la bandera argentina en el mástil de Puerto Argentino de Nuestra Señora de la Soledad.



Como Frente Estudiantil Nacionalista entendemos que es indispensable continuar apelando a la verdadera historia; en este caso, la de nuestro amado archipiélago y la de la voluntad ininterrumpida del pueblo argentino, que aboga por su recuperación de una vez y para siempre, desde 1833. Rechazamos la versión oficial del 2 de abril de 1982 -cuya principal exponente es Cristina Kirchner-, que es una mentira escandalosa, funcional en todas sus partes a los intereses británicos. Ya no se necesita de Inglaterra para hundirnos en el oprobio.

La guerra justa de 1982


Basta de repetir que la gesta patriótica de Malvinas fue producto de una borrachera o un manotazo de ahogado del último proceso militar. “Si en los indefendibles años del Proceso hubo una decisión que no fue estúpida, consistió la misma en decidirse a recuperar por las armas el suelo austral despojado”[2].

Bajo ningún punto de vista se puede afirmar que una decisión así es ilegítima. Argentina heredó estas tierras de la hispanidad y fueron robadas por la fuerza. Una vez agotadas las vías diplomáticas -por casi 150 años fueron desoídas-, fue válida la recuperación por la fuerza, y continúa siéndolo.

Pero que la guerra fuera justa, no justifica que las cúpulas procesistas (Leopoldo Galtieri junto a su gabinete de gurkas) no estuvieron a la altura logística ni moral del conflicto. Pero “los errores de conducción política y militar dieron origen a la hazaña, que en el camino a la derrota cumplieron las armas argentinas; al patriotismo, la disciplina, la abnegación y el coraje con que lucharon nuestros combatientes […] el Ejército Argentino en Malvinas hizo con sus medios más de lo que se esperaba, gracias al esfuerzo, sacrificio y la valentía de sus oficiales, suboficiales y soldados”[3].

Para aquellos valientes hombres que defendieron nuestra soberanía nunca hubo verdaderas honras ni laureles. Todos los poderes democráticos de turno les dieron la espalada y la sociedad en general, que en su momento los vivaban, otorgó sólo incomprensión.

La desmalvinización


Es un peligro para los enemigos de la Patria que lo que Malvinas significa y emblematiza, corroborada y sellada con sangre, se expanda y se consolide. Por eso, apuntaron todos los cañones a la desmalvinización. Y la lograron. Es exactamente lo que necesitó Inglaterra para que la causa se olvide, que se confunda la legitimidad de la guerra con su conducción y la inspiración histórica con la intencionalidad del momento.

Si no hay cómo retribuirle a quienes dispusieron u ofrendaron su vida por aquella causa nacional, cómo haremos los argentinos para reparar el daño que causa la desmalvinización. Proyecto que comenzó con el Proceso militar. Que lo continuó y profundizó el alfonsinismo, demostrando que su “justicia” no existió en cuanto a instrumento de dignificación y ecuanimidad, por mandato de los poderosos “protectores” de Raúl Alfonsín, la Comisión Trilateral de David Rockefeller III. Que fue bandera del menemismo, en las explícitas palabras del entreguista Domingo Cavallo: “Nosotros quisiéramos que no quede ningún vestigio del conflicto de 1982”. Y lo finiquita el kirchnerismo, quien, festejado por el enemigo (que encontró aquí a otra sirvienta, y ya tiene quien le elabore la pieza del relato nativo, que se acopla al discurso de la Corona), reconstruye la historia de Malvinas desde el informe del General Benjamín Rattenbach; prototipo del milico liberal, gorila, cipayo y masón.

¿Qué les devolvió la historia oficial a nuestros combatientes? Estúpidas canciones y relatos de menosprecio, llamándolos ‘los chicos de la guerra’. “Sostengo que ello suena como un insulto para esa mayoría de soldados, que se batieron con arrojo y decisión en las gélidas noches malvineras […] Sepan todos que no hubo una noche allá en el Sur, donde no haya quedado bien en claro quiénes eran los verdaderos hijos y soldados de esas tierras”[4]

“Nos intoxican con películas de soldados llorones y capitanes sádicos. La interpretación de los cobardes sustituye la callada verdad de los guerreros. Lo más grave del episodio de la Guerra de las Malvinas no es haber perdido lo que con el tiempo solo será una gran batalla; sino esto, la enfermedad de no saber defender lo que hicimos con la frente alta y con coraje de triunfadores, y casi andar susurrando disculpas a los usurpadores, los enemigos”[5]

Una Fiesta Nacional


Queremos que, si no es por vías legales, el pueblo lo sienta como una fiesta. Que la voluntad de recuperación de las islas, que siempre caracterizó a la cultura argentina, esté latente y nunca perezca. Porque comenzó con las exigencias políticas de devolución, luego de que las islas sean tomadas ilegalmente y por la fuerza por un buque inglés. Porque los argentinos, que allí estaban, recuperaron durante seis meses los territorios nacionales, al mando del valiente gaucho entrerriano Antonio Rivero. Porque el sentimiento patrio nunca se cansó de exigirlo, ya sea con el senador Alfredo Palacios o Antonio Gómez Langenheim o Juan Carlos Moreno o Raúl Scalabrini Ortíz o Enrique Coromias o los mismísimos Juan Domingo Perón y Arturo Illia. Porque, en 1964, el aviador Miguel Fitz Gerald, en viaje solitario, aterrizó en las islas y clavó la enseña y entregó al gobernador usurpador un mensaje reivindicatorio. Porque, dos años después, un avión de Aerolíneas Argentinas, que fue obligado a desviarse hacia las Malvinas, aterrizó en el renombrado Puerto Stanley y desembarcó un grupo de quince nacionalistas argentinos, que armados retomaron las islas; en los que denominaron Operación Cóndor. Porque, en 1982, se tomó la decisión de recuperar las islas por la fuerza militar, de forma rápida e incruenta; luego de que Inglaterra ya hubiese declarado la guerra semanas antes, al intimar ilegalmente a un grupo de obreros argentinos, que en las islas se encontraban, cercándolos con submarinos y nueve buques de guerra, que trasladaban comandos y paracaidistas.

Que sea una fiesta en la que no se olvide que fue una guerra entre una potencia pirata e imperialista -con el sobrado apoyo de la OTAN- y un país del tercer mundo. Que no se olvide que fue una de las últimas guerras coloniales del siglo XX y la última gran guerra caballeresca. Que no se olvide a los centinelas, que en Malvinas descansan, esperando a que se haga efectivo el derecho argentino de reintegrarlas al territorio nacional. Que no se olvide que Argentina tiene el honor de haber luchado valiente y limpiamente contra la peor de las armas: la traición; aberrante esta y ejecutada por el Chile oligárquico de Pinochet al pueblo al cual le deben su libertad, ganada gracias a la grandeza del General San Martín.

Por eso, reivindicamos, frente al odio que ciega, esta alegría clara del patriotismo militante en esta fecha, para que sea una fiesta nacional, una afirmación de la soberanía, pero que conlleva un inmenso dolor. Reivindicamos asimismo este dolor trascendente y movilizador. Un dolor que tiene la obligación de ser valiente.

Los que digan que no se pueden recuperar, que ahora todo es distinto, ya que tienen la inteligencia y el corazón doblegados, no creen en lo permanente ni en la perennidad de la causa que defendemos. Sepan aquellos que tenemos muertos y vivos que aguardan… Los Giachino, Guanca, Almonacid, Águila, Estévez, Cisneros, Poltronieri, Seineldín, Rico, Jiménez Corbalán… Tienen mil nombres la causa, pero una sola consigna:

¡Malvinas volveremos, Malvinas venceremos! ¡Viva la Patria!



  


[1] Juan Carlos Moreno, “La recuperación de las Malvinas”; 1973.
[2] Antonio Caponetto, “La perversión democrática”; 2008.
[3] Lautaro Jiménez Corbalán, “Malvinas, en primera línea”; 2012.
[4] Lautaro Jiménez Corbalán, “Malvinas, en primera línea”; 2012.
[5] Abel Posse; entrevista con el diario La Nación.


La otra parte de la verdad sobre Malvinas


Con calculada insistencia, los voceros del régimen, intelectuales y “opositores” siempre funcionales, utilizan la gloriosa fecha del 2 de abril no sólo para disfrutar del feriado turístico sino, lo que es más grave, para manifestarse en cuanta ocasión puedan a fin de lamentar “los chicos que murieron” en Malvinas, agregar que aquello “fue una guerra promovida por un borracho trasnochado” y finalmente, abrevar una y otra vez en la consabida demonización del Proceso de Reorganización Nacional.

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